¿Somos Un Pueblo de Zapatero?

¿Somos un Pueblo de Zapatero?
Con un objetivo como el que se ha señalado en otra nota de este blog, es obligatorio preguntarnos: ¿Somos un Pueblo de Zapatero? Ya Jesús Valerio en uno de los números de la Revista "EL Maco", nos entregó un excelente trabajo para colocarno frente a un hecho que parece indiscutible: El Maco, Pueblo de Zapateros. Es riesgoso cuestionar o colocar en duda la condición de ser un pueblo de zapatero.
Atreverse a negar esta condición no es fácil. Soy de la idea, que El Maco fue un pueblo de zapatero, pero hoy no lo es. Son muy pocas las familias en El Maco que viven del trabajo de la zapatería. Parte de nuestra generación fue producto del trabajo de zapatería y los zapateros maqueros levantaron a sus familias sobre esa actividad. Siendo esto así, es muy difícil que un joven maquero tenga una ida de cómo era una "banca" de trabajar la zapatería o cómo era una ajuga para murunar.
Es un tema para discutirlo, porque tiene un aspecto que es tan importante valorarlo hoy. Independientemente si somos o fuimos un pueblo de zapataero, es como un obligación ordenar un esfuerzo para ir recogiendo esa historía a través de los instrumentos y de la manera sobre cómo se realizaba ese trabajo. Si ya no es posible ver en una casa de zapatero sus instrumentos de trabajos y la banca; es una necesidad reconstruir literal y físicamente todo esto para guardar esta parte de nuestra historia que ya va extiguiéndose. Esta parece una tarea esencial para conservar nuestra ientidad como pueblo. Sin esta parte de nuestra historia, estamos incompleto como seres.
Es un reto. Recientemente lo conversé con el Dr. Emiro Marcano Maza y él me habló de la posibilidad de una casa que puede ser usada para crear el Museo de El Maco. En ese posible proyecto; el pueblo zapatero que fuimos (o que somos) debe tener un gran espacio con un historia muy rica.

martes, 18 de septiembre de 2012


Isabel Bastardo: ¡Una Mujer de Fojón!

Por: Evaristo Marcano Marín

Las veces que iba al El Maco a pasar unos días de vacaciones, tenía interés en conversar con ella, porque sentía la necesidad de intentar hacer un recorrido histórico del pueblo a través de sus ojos y recuerdos. Puede conversar con ella de ese tema un par de veces sobre sus vivencias y de cómo llegó a El Maco. Desafortunadamente, la libreta donde anoté o escribí parte de lo que me contaba la extravié. Lamenté mucho la perdida de esas notas, pero desde ahí, me quedó la impresión de hacer un esfuerzo por reconstruir la historia de El Maco a través de los ojos y voces de mucha de nuestra gente, que ya no va dejando y otros que ya nos dejaron.

Alguien puede objetarme esta opción de reconstruir parte de nuestra historia con la visión de Isabel, porque ella llego al El Maco cuando tenía en su vientre a su única hija y ya El Maco había andado en su historia.  Si ese fuese un cuestionamiento a este intento, cabe perfectamente, pero la única persona más cerca de casa  era la señora Isabel y como siempre paaba a saluara, veía en ella a una mujer que vivió trabajando toda su vida.

Pero esa idea de reconstruir nuestra historia es viable, aunque se va perdiendo porque nuestros viejos y viejas ya van cerrando su ciclo y toda esa información se queda sin registro.

Isabel Bastardo, no siendo auténticamente maquera; es decir, no habiendo nacido en El Maco, fue una mujer especial, como todas nuestras  viejas y nuestros viejos. cada uno de ellos y ellas tiene un retazo de la vida del pueblo.

La última vez que hable con ella, ya tenía más de cien años y me habló de lo cansada que se sentía. Me acuerdo que me asomé a la puerta de su casa y se encontraba acostada en una silla de extensión. No podía verme porque estaba de espaldas a la puerta de su casa, pero aún así, con ese montón de años encima  y sin oír con frecuencia mi voz, respondió a mi saludo con una afirmación que no dejaba dudas sobre su lucidez: eres “evaristico”, el hijo de Evangelista.

Isabel Bastardo no es un caso, que se pudiera utilizarse como un “icono” o referencia de la mujer Margariteña, porque esa calificación, puede conducir a una mala precisión o considerar que mujeres como Isabel  son una rareza, cuando en realidad, estas viejitas abundan en la isla y son parte de un patrimonio. Isabel Bastardo fue exactamente como otra vieja mujer de su época. No había espacio para otro cosa, que no fuera para el trabajo en el fojón. Desde mi niñez, trato de verla en algún sitio del pueblo y estoy completamente seguro, que no es fácil recordarla caminando el pueblo. Su sitio y su lugar fue siempre el trabajo al pie del fogón, realizando todas las actividades que significaba la preparación de los Chorizos y las empanadas que en la tarde vendían los niños más  pobre del pueblo. En términos de la economía moderna; la Señora Isabel generaba también sus empleos indirectos y muchos niños se ganaban su papa y algo más.

Ni aún haciendo memoria de las fiestas del pueblo, puedo lograr ver a la señora Isabel dando un paseíto por el pueblo. En esos días que por lo general, la gente suele volcarse a las calles, no dejo de ver a la señora Isabel en su casa, cuando es esa fecha de la fiestas de nuestro patrón San Lorenzo, la salida a la calle era casi obligada. Apenas logro verla en el recuerdo, asomando la cabeza desde la puerta de su casa para saludar la pasada de la posesión de San Lorenzo.

Toda su vida, hasta ya pasado los cien años de edad, su única  forma de vida se concretaba en el trabajo. Fue una mujer incansable y aún desde ese trajinar de un lado a otro del fogón para mantener viva el calor que le daba sentido y sustento a su vida. Sus vecinos y vecinas eran parte de su preocupación, aún en las cuatro paredes de su fogón, porque siempre tenía tiempo para preguntar por las familias que siempre tuvo cerca, pero que su incasable entrega al trabajo no le daba tregua para una visita.

Busco en mi recuerdo y no pude encontrar un imagen de la señora Isabel más allá de su cocina y de las eventuales salidas que hacía para atender a los compradores que acudían a su bodega. Hurgo en mis recuerdos y no es posible ver a  la señora Isabel en la calle, lejos de su fogón. Llego a verla entregada a su trabajo.
Siempre fue Isabel Bastardo.